• Admin

MEDIO AMBIENTE, CIENCIA Y SOCIEDAD


En el mundo contemporáneo cobra cada vez más atención la actual crisis ambiental expresada en complejas problemáticas como el calentamiento global, la degradación de los ecosistemas, la desaparición de especies o la contaminación. Un claro ejemplo de ello es que en fechas recientes se dio a conocer desde el Vaticano una encíclica papal, la Laudato si’, que puede representar una definitiva penetración masiva de las causas ambientales en la conciencia colectiva, más allá de los escenarios científicos, académicos o políticos. Desde hace ya varias décadas, científicos y organizaciones ambientalistas han insistido en que los factores que han producido la crisis ambiental no se limitan a la ecología, sino que guardan una estrecha relación con la economía, la política, el poder, las relaciones sociales de pobreza y la desigualdad. Esas relaciones de sometimiento y explotación no han sido únicamente entre los seres humanos sino también con el mundo no humano, con la naturaleza.

La dominación y explotación de la naturaleza está estrechamente vinculada con una racionalidad económica consolidada a partir de la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII, cuando la generación y acumulación de capital se constituyeron en valores prioritarios. En el contexto de las revoluciones industriales de los siglos XIX y XX, el conocimiento científico y los desarrollos tecnológicos fueron posibilitando y potencializando la explotación de los recursos naturales, cada vez más demandados por el exponencial incremento poblacional del último siglo, la extensión de las necesidades comerciales y de consumo. Al mismo tiempo se ha visto en la ciencia y la tecnología las herramientas más importantes para hacer frente a los diversos problemas ambientales. Pero los usos de la ciencia y la tecnología también se vinculan con una pregunta fundamental, que gira en torno a cuáles han sido y cuáles podrían o deben ser nuestras actitudes hacia la naturaleza. De la respuesta se puede desprender el cuestionamiento a nuestra tradición de pensamiento antropocéntrica, que prioriza una racionalidad instrumental en la ciencia, la tecnología, la economía, la política y la sociedad.

Desde la antropología se ha cuestionado la manera en que la cultura y las conductas humanas basadas en convenciones sociales, políticas, económicas o religiosas contribuyen a la supervivencia, o por el contrario, amenazan y degradan los sistemas ecológicos.1 Es particularmente en la cultura occidental moderna desde la que se ha establecido una separación entre el hombre y su cultura con la naturaleza. No obstante, las raíces de la separación cultura-naturaleza son más profundas.

Con la consumación de la tradición greco-cristiana, hacia finales del imperio romano, se establecerán las bases para una posterior visión dominante sobre la naturaleza. Ya en el pensamiento estoico del siglo III a.C. se insistía en la absoluta singularidad del hombre; esa singularidad será evidente para el cristianismo, en donde el hombre es la única de las criaturas que fue creada a imagen y semejanza de Dios, mientras que la naturaleza fue creada para el uso del hombre.

Para filósofos medievales como Tomás de Aquino la crueldad contra los animales no será aceptada únicamente en la medida en que esa crueldad pueda dirigirse también hacia los hombres. Esta idea continuará en el siglo XVI, momento en el que la Europa Occidental se dará cuenta de que lo importante no estará en el ser, sino en el hacer. Y para hacer con la naturaleza la voluntad del hombre había que despojarla de toda idea de sufrimiento, idea que culminará con la filosofía de René Descartes en la primera mitad del siglo XVII, quien negará que los animales puedan razonar por lo que tampoco podrán sentir. Al no poder razonar con los animales tampoco será posible compadecerlos.2

El pensamiento moderno será un pensamiento de emancipación frente a la tradición y la superstición religiosas, pero también de dominio. Una de las características más distinguibles de la modernidad es el lugar y el valor que se le da a la naturaleza dentro del orden social. Esta visión del mundo supuso que comprender la naturaleza implicaba también su dominación. Francis Bacon como fundador de la imagen moderna de la ciencia utilizó imágenes de brutalidad y fuerza en su acercamiento científico a la naturaleza.

Amén de la idea de dominio sobre la naturaleza, también es posible hablar de una conciencia ambientalista desde el siglo XIX, que básicamente se caracterizó por la preocupación por el agotamiento de los recursos naturales, fundamentales en los procesos productivos de una economía en plena industrialización, preocupación que llevaría entre otras cosas al surgimiento de las ciencias forestales y la ecología y al establecimiento de reservas naturales custodiadas por los Estados.3 Será a partir de la segunda mitad del siglo XX que se generará una conciencia ambiental más profunda. En este momento las catástrofes ambientales comenzaron a ser recurrentes y cada vez fue más evidente su relación con el desarrollo industrial necesario en una economía que daba los primeros pasos hacia su globalización. El antropocentrismo que redujo a la naturaleza al nivel de un objeto moldeable a la voluntad del hombre comenzó paulatinamente a ser cuestionado con una toma de conciencia ambiental expresada desde diversos movimientos civiles que al final tendrían incidencia en los ámbitos políticos internacionales.

Finalmente, en junio de 1972, en Estocolmo, Suecia, tuvo lugar la primera conferencia de la ONU sobre cuestiones ambientales. Conocida también como Cumbre de la Tierra, en ella se discutió la responsabilidad de la humanidad frente al medio, natural y humano, y en la necesidad de un uso adecuado de los recursos. Para 1983, la ONU estableció la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo cuyos trabajos culminaron en 1987 con un reporte denominado Nuestro Futuro Común o Informe Brundtland (ya que estuvo a cargo de la ministra sueca Gro Harlem Brundtland). En el informe se advertía que la humanidad debía cambiar sus modos de vivir para evitar llegar a niveles de degradación ecológica inaceptables, haciendo un llamado en pos de un desarrollo sostenible definido como un “desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer las capacidades de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. Esta definición se consolidó en la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo llevada a cabo en Río de Janeiro en 1992.4

El cambio climático es quizá la principal expresión de la degradación ecológica de la que hablaba el Informe Brundtland. Para la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, adoptada igualmente en la Conferencia de Río, éste se entiende como un cambio de clima atribuido directa o indirectamente a la actividad humana. La Convención Marco permitiría que en 1997 se adoptara el Protocolo de Kioto, que entraría en vigor hasta febrero de 2005, y que consiste en un acuerdo internacional para reducir las emisiones de los gases de efecto invernadero que causan el calentamiento global. El hecho de que los Estados Unidos, el país con mayor emisión de gases a la atmósfera, no participara en la ratificación del protocolo, es expresión del complejo escenario frente a la búsqueda de soluciones a los diferentes problemas ambientales.


0 vistas